miércoles, 22 de abril de 2015

Olivia en el bar

A Olivia la conocí una noche sin luna en medio de una de esas callejas perdidas que te llevan a ninguna parte en algún sitio cercano a una ciudad desconocida hace ya más de tres años. 
Aquella vez, Olivia estaba sentada al final de la barra en un bareto de mala muerte, apestoso (pero sin ninguna rata) adonde iban a parar las putas y los piratas sin parches apestando a ron y a sexo putrefacto. Y una turista uruguaya cuya prima dormía en el hotel: me presento, un placer.


Hace unos días en Montevideo me pareció que me la cruzaba y me confundí de ciudad (¿estoy buscando la estación del metro o adónde estoy yendo?) y preferí seguir caminando porque a veces cuando uno está perdido en vez de hacer preguntas o llamar a alguien, sigue caminando, porque estar perdido cada tanto es una necesidad, una sensación ilusoria de que el orden de las cosas muta y los ejes de funcionamiento rotan para traernos algo diferente, ese algo que va en letra itálica porque no sabemos qué es.


El caso es que con la imagen de la falsa Olivia se me vinieron a la cabeza los retazos de los diálogos en que yo le contaba que sí, que hacía diez años que lloraba por las mismas cosas y me seguía sentando en el patio a fumar mirando el pasto, viendo como sobre sus piernas se daba vuelta en una distracción para mirarme y asentir con la cabeza.
"¿Quién se daba vuelta?" preguntaba Olivia y yo nunca le contestaba y ella no sabía si yo le hablaba de un perro, de un hombre o de una hormiga, porque cualquiera de esas cosas podía estar sentada en el patio de mi casa en Uruguay.
Hasta que me preguntó qué por qué estaba tan lejos de mi hogar (y me llamó la atención que usara la palabra "hogar") y qué hacía tan sola y por ahí que esos rincones eran peligrosos, entonces le pregunté y vos entonces qué hacés si es peligroso, y ella me dijo que no le tenía miedo a nada porque a ella nunca le pasaba nada, hizo énfasis en la palabra "nada". 


Olivia tenía la costumbre de mirar el reloj a cada rato y me decía "todavía no es madrugada, hay tiempo de que pase algo increíble", y lo repetía a las tres y a las cuatro y veinte lo seguía diciendo y para ella era como una religión esto de que en cualquier momento podía pasar algo maravilloso y yo le seguía hablando de que siempre fui una mina muy de los recuerdos y de que las cosas pasan rápido y por eso también ando en busca de algo, hasta que borracha y sin más euros me dijo que se iba a su casa que estaba por ahí en alguna esquina.


Cuando Olivia se frenó en la puerta del antro lleno de nicotina y hojas de hierba, le grité desde la barra que a lo mejor la vida era eso: elegir entre esperar a que algo increíble pase, o salir a buscarlo.
Sin darse la vuelta, miró el reloj y se fue sin saludar.

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